No había despuntado el alba cuando ella lo despertó, le dijo que las Autoridades estaban recorriendo las casas en busca del objeto, habían ido al barrio pobre porque sabían que los Nobles no robarían algo así, le aconsejó que fuera a buscarla donde la hubiera dejado y la trajera a casa, al menos allí después de registrada una vez no volverían, estaría a resguardo de ser encontrada y pensarían después que hacer al respecto.
Así lo hizo, se encaminó a la Ermita, fue al altar donde la dejó, levantó el Santo con mucho cuidado y empezaron a temblarle las piernas, ¡no estaba!, pero si recordaba muy bien que ese era el lugar donde la había dejado, ¿alguien la habría cogido?, por un lado sería su salvación no podrían acusarle de algo que no tenía, nadie le vio cuando la cogió y nadie le vio dejarla allí pero otro cargaría con su culpa si le pillaban.
- ¿Buscas esto? – le susurraron a su espalda.
- ¿Y usted quien es? ¿Cómo tiene eso en su poder? ¿De donde ha salido?, no tiene pinta de ser el Párroco.
- Quién yo sea no tiene importancia, aunque le diga mi nombre posiblemente no me conocerá, soy Isidro El Labrador, aquí el caso que nos ocupa es esta reliquia de la que usted se apoderó ayer tarde de forma indebida para solucionar un problema menor que le ha producido un problema mayor aún, pero ¡Hombre de Dios! con lo fácil que hubiera sido ayudarle y no ha hecho más que buscarse otras complicaciones.
- Pero Señor Isidro…….
- Isidro solamente, no soy un Señor, no hay peros que valgan, esto será lo que hagas y espero que esta vez cumplas con tu palabra y una vez hecho lo que te diga acudas a contarme lo acontecido en esta misma Ermita. Escucha, ahora cogerás La Cruz, irás a la Joyería y arrepentido la devolverás a su tendero pidiendo disculpas por lo cometido y como perdón de tu malicia le ofrecerás tus servicios de forma no lucrativa para hacer lo que a menester sirvas en su morada, con esto el Joyero retirará la denuncia y quedarás salvado de tu injusticia no sin antes venir mañana a esta misma hora aquí a darme descuentos de lo ocurrido.
- ¿Y las Autoridades?, seguro que….
- He dicho que sin objeciones, corre muchacho, no pierdas más tiempo, espero aquí tu regreso.
Tomó de la mano La Cruz y sin perder tiempo acudió a su cometido. El Joyero al verle entrar no podría creer lo que sus ojos veían, Juan le explicó el motivo que le impulso a cometer aquella atrocidad pidiendo perdón por los daños ocasionados y ofreciendo su persona para enmendar su falta, el vendedor entendiendo las razones le dijo que si en vez de robar le hubiera explicado la situación en un primer momento le hubiera contratado pues llevaba buscando un mozo desde hacia meses para que llevara los encargos en mano a sus clientes, así pues ahora estaba contratado con lo que ambos deberían olvidar el agravio y sería quitada la reclamación de búsqueda del ladronzuelo, Juan, emocionado, le propuso no cobrar en un año como agradecimiento a lo que el vendedor se opuso rotundamente pues no era usurero y todo personal a su cargo debía ser pagado como correspondía. De esta forma se despidieron decidiendo antes que sus labores comenzarían la semana próxima, mientras por las tardes has
ta llegar a su primer día de trabajo debería ir por la Tienda para ir aprendiendo el oficio y conociendo a los compradores.
Corrió Juan a su casa a contarle a su dama las buenas noticias y su promesa a Isidro, el buen hombre que encontró en la Ermita, cuando alcanzó la humilde choza en la que vivían, las risas de María y sus hijos se escuchaban desde fuera, al entrar vio una mesa llena de comida, frutas, panes, etc... María le contó que pocas horas antes de haberse ido él y las Autoridades registrar la casa, un hombre con una herramienta de labranza se había personado en aquel lugar llevando consigo todos esos manjares, Juan no se explicaba los milagros que uno detrás de otro se encadenaban.
Llegó la hora acordada y estaba Juan sentado en el banco de la Iglesia, no acudía nadie, llevaba ya media hora esperando, el cura que se encontraba preparando la liturgia de las doce, se acercó y le dijo:
- Muchacho, has venido pronto, la misa no es hasta dentro de una hora y llevas aquí largo tiempo esperando, ¿tantos pecados tienes que confesar?.
- No Padre, ayer estuve aquí hablando con Isidro, seguramente usted lo conoce, me hizo un encargo y vengo a cumplir mi promesa de contárselo.
- ¿Isidro? Hijo mío, ¿tu estas seguro de lo que dices?.
- Sí Padre, tan seguro como que estoy sentado aquí con usted ahora, ¿tan extraordinario es?.
- Sí Hijo, Isidro es el Santo, es conocido como San Isidro El Labrador, está es la Ermita donde se le venera, en un lateral esta la fuente que hizo surgir en uno de sus múltiples milagros, pero Isidro murió hace décadas, si es cierto lo que cuentas, lo que tu ayer viste no fue su persona sino su aparición, vino a ti en tu auxilio seguramente para llevar a cabo alguna más de sus buenas obras.
- Padre pues si la hizo, me encontraba en la ruina y con su ayuda ha conseguido que mi vida tome de nuevo su camino.
- Entonces Hijo mío, agradecido debes estar y si acudiste aquí en una promesa haz por cuenta que el Santo estará satisfecho porque habrá visto realizado su mandato, ahora te dejo con tus pensamientos, seguramente tendrás mucho que contarle.
Juan relató en su mente y en silencio los hechos que en las últimas horas se habían desarrollado, estaba seguro que Isidro desde donde estuviera había visto su labor realizada y allí mismo ante su imagen prometió que no habría misa de Domingo celebrada en la Ermita de San Isidro Labrador a la que faltaran ni él ni su familia para honrar la gracia que les había concedido. Desde aquella fecha Juan nunca volvió a pasar penurias ni a cometer actos infames.
martes 10 de junio de 2008
La Cruz de Oro (2ª Parte)
LA CRUZ DE ORO (2ª Parte)
martes 3 de junio de 2008
La Cruz de Oro (1ª Parte)
LA CRUZ DE ORO (1ª Parte)
- Pero ¿Qué has hecho?- le gritaba su mujer.
- Tranquila, no lo descubrirán, está en lugar seguro.
- ¿Lugar seguro? Ningún lugar es seguro para tu acto, no tienes perdón, será el fin de esta familia- decía entre sollozos.
- Quizás tengas razón pero ya no puedo deshacer el delito que he cometido, vayámonos a dormir y mañana pensaré que hacer con ella.
No podía conciliar el sueño, la noche se hacía eterna, las horas transcurrían lentamente, pesadas, cada vez que cerraba los ojos las imágenes volvían una y otra vez a su mente, su esposa tenía razón, siempre había sido una persona lógica, portadora de buenos consejos, nunca se habían desviado del buen camino pero esta vez era distinto, no tuvo más remedio que hacerlo a pesar de lo que ella pensara, sabia que ahora mismo incluso dormida lo estaba juzgando y seguro que por su cabeza pasaría la idea de que nada lo justificaba pero y ¿qué podía haber hecho sino para solucionarlo?, con estos pensamientos se quedó adormilado.
- Mi Señor no puede hacerme esto ahora, ¿qué va a ser de nosotros?, ¿cómo sacaré adelante a mis hijos?.
- Lo siento Juan, pero no me queda otra alternativa, el campo ya no produce como antes, bien lo sabes tu, apenas tengo para poder sacar esta hacienda adelante y ni siquiera yo que no cuento con familia puedo mantenerme a duras penas a mi mismo, no me puedo permitir el lujo de tener sirvientes o peones de campo, te daré estos reales como compensación a tu trabajo de todos estos años, son pocos pero al menos tendrás unos días para poder comer o intentar buscar otro trabajo.
- A mis años ya nadie me querrá, en fin, gracias de todas formas Señor, aunque me apena perder mi puesto a su servicio por lo que me explica no me queda otra posibilidad. Que tenga suerte Patrón.
- Suerte Juan. Hasta siempre.
Iba caminando cabizbajo, dándole vueltas a como le explicaría la nueva situación a su esposa, tenían dos hijos pequeños todavía por lo que su mujer no podía reincorporarse al mundo laboral, si al menos tuvieran el sueldo de ella, ¡que bien vivían entonces!. Ensimismado en esas ideas pasó delante de la Joyería “El Balcón de Oro”, como todos los días, ya casi algo rutinario, se quedó mirando aquella Cruz, en numerosas ocasiones había soñado que un día entraba y la compraba para ella, el respeto con el que le trataba el Joyero en su imaginación era como si él se hubiera convertido en un Señor como su antiguo Patrón y de repente un impulso le embargó, una fuerza le empujaba, algo maligno se instaló en su cuerpo y en unos minutos se vio corriendo con algo entre las manos.

- ¡Al ladrón, al ladrón!, que alguien lo pare, me ha robado, ¡al ladrón, al ladrón!.
Como alma que lleva el Diablo corrió con todas sus fuerzas hasta llegar a un lugar donde nunca había estado, ni siquiera sabia como había llegado allí, sólo se había dejado llevar. ¿Pero que has hecho desgraciado? se repetía una y otra vez mirando la Cruz, una Cruz de unos 10 cm. de altura recubierta de oro con una cadena fina y elegante para colgarla al cuello, ¡que preciosidad!, ¿y ahora que hago contigo?, no puedo volver allí me detendrían y sería peor, tengo que esconderte hasta pensar que hacer. Levantó la vista y vio una pequeña Ermita, entró en ella, por fortuna no había nadie, se dirigió al altar en donde había un Santo con una pieza de labranza en la mano y un manto rojo cayéndole hasta los pies, parecía un hombre de campo como él, te guardaré aquí debajo y mañana vendré a recogerte cuando los ánimos se calmen un poco, espero que nadie te encuentre.
- Pero ¿Qué has hecho?- le gritaba su mujer.
- Tranquila, no lo descubrirán, está en lugar seguro.
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