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viernes, 2 de agosto de 2013

El sepulcro

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EL SEPULCRO

Apenas se vislumbraba el camino. Era un sendero de tierra rodeado de campos de siembra, la única entrada desde la carretera principal de la que disponía el pueblo.

Su abuelo le había mandado ir a la cuneta de la carretera para recoger las nuevas herramientas que le traía Ray, el dueño de la ferretería de Chelmsford, un pueblo cercano a Great Leighs. Había recorrido el mismo trayecto en multitud de ocasiones. No era la primera vez que el viejo Sam le mandaba a hacer recados. Su camión se había estropeado hacía meses y, con la guerra, no había suficientes suministros ni dinero para repararlo. Las pocas monedas que tenían, las empleaban para comprar comida y semillas para plantar en la tierra, que era lo único que, de momento, les mantenía a flote en aquellos tiempos tan difíciles. Esta vez Sam hizo una excepción, necesitaba útiles de arado nuevos.

Iba caminando solo. No solía asustarse, pero había algo en el ambiente que le inquietaba. Había estado esperando durante horas y Ray no había aparecido. Mientras caminaba iba pensando que, seguramente, los militares le habían vuelto a cortar el paso. Últimamente merodeaban muy a menudo por ambos pueblos, y la mayoría de las veces cortaban la escasa circulación y las pocas vías que tenían de comunicación entre ellos.

Según avanzaba, la noche iba cayendo. Todo se volvió más oscuro. Menos mal que había cogido la linterna del cajón de la entrada. Presionó el interruptor de esta para encenderla, pero su intento fue en vano. La poca luz que el objeto le ofrecía, a los pocos segundos, se esfumó. Ahora sí que no veía nada. La luna estaba menguante y, en ese estado, no alumbraba mucho. Siguió caminando. Detrás de sí comenzó a oír unos pasos.

—¿Quién anda ahí? —se giró y preguntó Mike intranquilo— Ray, ¿eres tú?

No respondió nadie. Los pasos habían cesado. Reemprendió la marcha y volvió a escucharlos de nuevo.

—Ray, si esto es una broma, ¡no tiene gracia! —dijo el muchacho ya asustado— Me he quedado sin pilas y no puedo ver nada, ¿tienes tú alguna linterna?, ¡responde!

Seguía sin haber respuesta, solo se escuchaba el soplo del viento. El camino estaba aparentemente despejado. A sus espaldas no se veía la sombra de ninguna figura, solo la de las espigas de trigo meciéndose y algún que otro árbol perdido en la lontananza del terreno. Esperó durante algunos minutos, no volvió a oír nada, continuó andando. A los pocos metros tropezó con algo que le hizo caer al suelo cuan largo era.

—¡Mierda! —exclamó rabioso— ¡Vaya nochecita que llevo! Desde que esos malditos militares han ensanchado los caminos para que pasen sus tanques, lo han destrozado todo, hay rocas por todos lados —intentó reincorporándose, notó un pinchazo que le hizo gritar de dolor— ¡Mi pie!, creo que me lo he roto.

Consiguió ponerse de pie con cierto esfuerzo. Volvió a intentar encender la linterna propinando varios golpes a la misma. Esta alumbró a duras penas, pero era lo suficiente para poder buscar una rama donde apoyarse a modo de muleta. Mientras examinaba el terreno buscando algún palo, pudo divisar con qué había tropezado. Parecía una gran losa de piedra, pero, ¿qué haría en medio del camino? Se acercó un poco más y alumbró con la escasa luz de la que disponía, había algo escrito en ella:



En memoria de las brujas de Devon:

"Temperance Lloud, Susannah Edwards,

Mary Trembles fallecidas en Bideford en 1682,
Alice Molland fallecida en 1685.
Las últimas personas en Inglaterra ejecutadas
y ahorcadas en Heavitree por brujería, yacen aquí.
En la esperanza de poner fin a la persecución
 y a la intolerancia."

—¿Pero qué han hecho? ¿Qué hace esto aquí? —se preguntaba desconcertado.

Los pasos que había escuchado anteriormente, regresaron con más fuerza. Parecía que alguien venía corriendo por el camino, se iba acercando. Mike estaba aterrado, no podía correr pero tampoco podía quedarse allí, algo raro estaba pasando. Con el pie arrastras caminó lo más rápido posible, todo aquello que el dolor de la pierna le permitía. Las pisadas cada vez sonaban más cerca, la última vez que pudo escucharlas ya las tenía a su lado. De repente el sonido paró, sintió una mano fría sobre su hombro y alguien que le susurró al oído.

—Pregúntale al abuelo, él sabe la historia —dijo con risa malévola.

Mike había cerrado los ojos, tenía pánico, empezó a temblar. La voz desapareció, la risa se fue alejando, pero alguien le seguía tocando. Le estaban agitando.

—Despierta, muchacho, despierta —decía la voz que se encontraba a su lado— Tienes que abrir los ojos, sé que puedes, no debes dormir más, tenemos que darte un baño, estás ardiendo.
—¿Un baño? —preguntó Mike abriendo lentamente los ojos.

Fue abriendo sus ojos poco a poco, la luz de la lámpara le cegaba. Estaba en una habitación, pero “era imposible... el camino de tierra... ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Dónde estaba?”.

—Tranquilo muchacho, soy el doctor Mildred —le intentó calmar un hombre con bata blanca.
—¿Dónde estoy?
—En el hospital de campaña del ejercito —explicó el doctor— Unos hombres de la tropa te encontraron tirado en el suelo, en el camino de tierra de Great Leighs y te trajeron aquí. ¡Te has dado un buen golpe, jovencito!
—¿Y la piedra? ¿Los pasos? ¿Esa voz?
—Chico, estabas delirando, tienes mucha fiebre, te has roto un pie. No sé cuánto tiempo llevarías a la intemperie pero te encontraron de madrugada, ya hemos dado aviso en el pueblo. Supongo que estarán trayendo hacia aquí a algún familiar tuyo, ha ido un furgón a recogerlo.
—Mi abuelo, ¿entonces no llegué a casa? —preguntó anonadado Mike.
—Que yo sepa no, chico. Ahora vendrá a recogerte una enfermera que se encargará de darte un baño con agua fría. Descansa, enseguida te hará efecto el antibiótico. Si la fiebre de aquí a unas horas no baja, deberás quedarte en observación.

Mientras que el doctor Mildred hablaba con Mike, Sam, su abuelo, entró en la habitación.

—Hijo, ¿estás bien? Me tenías preocupado, no regresaste a casa —decía el hombre mientras se acercaba a la cama de su nieto— pero, ¿qué te ha ocurrido?
—Nada que no pueda curarse —alegó el doctor— Tiene un pie roto, debió de tropezarse con algo o dar alguna mala pisada. Su fiebre es alta, eso me preocupa más pero, puede deberse a la rotura o al tiempo que pasó al aire libre. Seguro que dentro de unas horas está como nuevo, con la única salvedad que tendrá que llevar escayola y muletas por un tiempo. Ahora debo retirarme, tengo otros pacientes que atender, puede quedarse aquí hasta que le demos el alta, si usted lo desea.
—Gracias doctor, muy amable —respondió Sam.
Una vez que el doctor Mildred les dejó a solas, Mike empezó a contarle a su abuelo lo que le había ocurrido. Sam escuchaba atentamente, pensativo.

—Y después desperté aquí, me dijo que te preguntara abuelo, ¿tú sabes algo?
—Bueno, verás, —intentaba recordar Sam— existe una antigua leyenda sobre el pueblo que cuenta que una bruja había sido enterrada en un cruce de caminos conocido como Scapfaggot Green. Durante muchos años, los habitantes del pueblo de Great Leighs, estaban al tanto del sitio exacto donde estaba sepultada la bruja en cuestión, se encontraba marcado por una gran piedra. Esta mujer había sido quemada en la hoguera. Se la bautizó como “La bruja de Scapfaggot Green” y dicen que descansaba tranquilamente en su sepulcro. Puede que el camino hacia la carretera sea ese cruce de caminos, ahí convergen otros dos caminos más, el que va al granero municipal y al cementerio, pero ¡es imposible!, es solamente una leyenda.
—¡Eso es lo que yo vi, la piedra de su sepulcro! Estoy seguro —vociferó Mike.
—Pero hijo, es tan solo una leyenda que contaban los ancianos. A mí me la contó mi abuelo —decía impasible el abuelo Sam— Nos contaban estas historias cuando eramos niños para que no saliéramos del pueblo por los caminos de tierra que hay. Cuando eramos jóvenes, eramos muy impetuosos, solíamos escaparnos por los senderos y luego nuestros padres no nos encontraban, de ahí ellos inventaron esta historia. Es como la del hombre del saco, son leyendas de pueblo, nada más.
—Si fuera así, ¿por qué me dijo que te preguntara a ti?, —preguntó desafiante Mike— dices que te la contó tu abuelo, tú piensas que es una leyenda, ¿y si realmente esa persona existió?, ¿y si lo que cuentas no es una leyenda? ¿Cómo se llamaba esa mujer?
—Alice Molland, creo recordar —contestó el abuelo.
—Ese nombre lo leí en la inscripción de la losa, no puede ser falso. Algo extraño sucedió anoche, alguien me habló, yo tengo que saber qué pasó, lo averiguaré —afirmó Mike.

En ese instante apareció una de las enfermeras. Era una de las jóvenes del pueblo, aunque Mike apenas la conocía, solo de vista. El ejército había tomado un antiguo caserón situado en las inmediaciones de la carretera principal, que conectaba Great Leighs y Chelmsford y había empleado a todas las personas que tuvieran algún conocimiento en medicina. En el pueblo eran pocos los que habían tenido la ocasión de tener estudios pero, alguno había, o al menos algunos tenían ideas de como cuidar a su ganado. Los hombres no eran iguales que los animales, pero la aplicación de los tratamientos, bajo la supervisión de un médico de la capital, eran los mismos.

Lisa Lojan, hija de los Lojan, famosos criadores de ovejas en Great Leighs, venía a aplicarle a Mike unas gasas frías. El doctor Mildred había ordenado que probaran primero con vendas mojadas sobre la frente y si esto no funcionaba, llevarle a uno de los baños y llenar la bañera con hielos para sumergirle dentro y ver, si de este modo, conseguían estabilizar su temperatura.

Sam aprovechó, mientras la enfermera se encontraba allí, para ir a hablar con los soldados que habían recogido a Mike. Después de tener una larga conversación con ellos, regresó a la habitación donde su nieto todavía dormía. Se sentó en una silla y meditó acerca de la extraña experiencia que había sufrido este. No se explicaba de forma lógica todo lo ocurrido, pero era imposible que lo que le había contado fuera verdad, aquello no podía volver a repetirse, y menos con Mike, quizá hubiera sido un delirio causado por la fiebre. No le creía, los soldados no vieron ninguna losa, estaba tirado en medio de un montículo de arena, no vieron nada extraño a su alrededor, salvo una gran roca con la que supusieron que se habría golpeado en la oscuridad de la noche.

Mike respiraba tranquilo, parecía haber caído en un profundo sueño, aunque de vez en cuando se movía inquieto.

“La pierna le molesta”, pensó su abuelo.

Por su cabeza pasaba una y otra vez la misma escena, oía aquella voz riendo y repitiendo lo mismo.

—Pregúntale al abuelo, él sabe la historia.

*

Capítulo 1 de la novela
 Las Brasas de una Inocente. La Encrucijada

Autora: Raquel Sánchez García

2 comentarios:

Patricia dijo...

Son Historias atrapantes. Con un lenguaje sencillo y claro. Me transporto al lugar. Me invitó a seguir leyendo. Gracias por el buen momento.

Félix Olivera González dijo...

Me gustó la historia, muy entretenida, un saludo.